Pedro Opeka: el argentino que necesita Argentina

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Hace más de 40 años está en Madagascar. Cuando llegó como misionero, se encontró con una situación extremadamente lacerante e inhumana: una pobreza atroz, en donde los niños morían en precarias condiciones en basurales; y los que no, escarbaban entre la inmundicia para encontrar algo mínimo de lo que alimentarse. El promedio de vida era bajísimo, la ignorancia absoluta; no había ningún tipo de esperanzas entre semejante miseria. Allí, realizó una de las obras humanitarias más loables de la historia. Convenció a sus habitantes de que podían salir de esa coyuntura en base a sus propios esfuerzos y sacrificios. Con una labor milagrosa, levantó más de 15 pueblos (con casas, asfalto, centros médicos, escuelas, centros deportivos). Le dio dignidad a la gente con trabajo y educación. Les enseñó el rigor, la conducta y el compromiso. Les demostró que la única manera en que se valoran y se disfrutan las cosas, es a través de conseguirlo con sudor y no como regalo. Inculcó que, sin amor y respeto al prójimo, la vida no tiene sentido, pero que la mano dura es muchas veces necesaria y nunca el consentimiento. Es Pedro Opeka, el argentino que necesita Argentina.

El asistencialismo nunca ayudó a poner de pie a un pueblo, más bien lo puso de rodillas y lo subyugó a la clase política que se aprovechó de sus habitantes. Los gobiernos que lo fomentan promueven la delincuencia y la exclusión: así profundizan el problema. Si no se atacan en serio las causas de la pobreza, es para seguir aprovechándose de ellos, utilizándolos. Junto con la pobreza económica se viene abajo la autoestima y la moral. A los pobres hay que ayudarlos con trabajo y no sin que haya una contrapartida a la ayuda que se recibe, porque si no caemos en el asistencialismo, que implica faltar el respeto a la dignidad de la persona humana porque se la hace dependiente de otros y no es libre. En Madagascar si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar, pero el que no quiera hacerlo, no forma parte de nuestra comunidad. Hay que tomar conciencia de que todo trabajo es digno y necesario para vivir, que hace sentir bien a esa persona porque ha creado algo con sus manos, gracias a su capacidad y talento, entonces se siente propietario de sus logros porque sabe que lo consiguió él. Se valora lo que se consigue sudando, no lo que se obtiene como regalo. Así le queda una experiencia de superación por el esfuerzo que se la transmite a sus hijos. Los planes sociales son lo peor que se le puede hacer a un pobre. El asistencialismo debe existir siempre con trabajo. El que no trabaja que no coma. Aquí les estamos dando coraje a los pobres para que ellos mismos busquen y desarrollen estrategias para salir de la pobreza. No se trata de llorar en la pobreza, se trata de salir y vencerla. Aquí nada se regala, todos tienen que participar y poner su voluntad. Nunca vine a acariciar a la gente, a decirles que la vida iba a ser fácil, que no trabajen. No, siempre puse las cartas sobre la mesa. Les dije que aquí hay trabajo, educación, escolarización y disciplina. Con todo eso se puede vencer la pobreza”.

Aquí las reglas son: trabajo, disciplina, honestidad, educación y respeto. Cuando la gente es educada, se respeta y se ayuda, todo es posible. La base está en la educación. Cuando van a comenzar las clases vamos a buscar a los niños durante tres semanas casa por casa para que arranquen, sino los niños se mal acostumbran a otra vida y no quieren ir. Si viene un pobre y me dice que necesita ayuda, le digo: ´estas son las reglas: trabajo, escuela obligatoria para sus hijos y disciplina´. Si me dicen que sí a todo, los ayudo. Si quieren una casa, la van a tener, pero luego de varios años. Aquí no se regala nada, todo es con esfuerzo, dolor y sudor. ¿Cómo voy a regalarle a alguien una vivienda? Así le estás sacando a la gente el coraje y la dignidad de ser humanos. Los quiero demasiado como para asistirlos y mimarlos”.

Sólo se puede confiar en otro cuando pregona con el ejemplo, cuando hace lo que dice; no decir una cosa y hacer otra. Las palabras sobran, hay que actuar. La indiferencia es una enfermedad. Una cosa es decir, una cosa es hablar y otra es vivir. Las palabras conmueven, pero los ejemplos arrastran. La vida se camina, caminando uno va abriendo caminos; para abrir caminos, hay que ir a pie, con la velocidad del caminar. No pudo ir a ninguna parte a pedir algo sin antes dar algo. El peor momento en Madagascar fue cuando hubo un régimen político de izquierda, porque hundieron más la pobreza. Muchos se dicen de izquierda por el pueblo, pero no hacen nada por el pueblo. Hablan y hablan, prometen y no hacen nada. Eso no lo soporto. Cuando vi tantos niños morir en la miseria, le pedí a Dios que me de fuerzas para hacer algo”.

“Un buen sentimiento despierta en la persona que está enfrente otro buen sentimiento. Cada persona tiene en sí misma una luz; una chispa de vida y de amor que no muere jamás. Hay que avivar esa chispa divina. Solamente mediante el amor podemos reaccionar. Cuando se ama, la gente responde con amor. En francés la palabra ´feliz´ solo se escribe en plural. Uno solo no será feliz jamás, lo será compartiendo. La felicidad no es tener, es ser. El amor no es asistir de manera perenne a un pobre, es darle trabajo, es darle herramientas, es cambiarle lentamente la conciencia que tiene para que sea autor y promotor de su propio destino. Este trabajo no es fácil, a veces uno se tiene que hacer de violencia. Yo hablé con mucha fuerza para decir que había que cambiar de mentalidad. Cambiar esa costumbre que tenían de pedir y de ser asistidos. Siempre le dije al pueblo que los amaba demasiado como para asistirlos, si tuviera que asistirlos, me voy hoy mismo de Madagascar”.

“Cuando me fui de Argentina hace muchísimos años, había 3% de pobres. Me fui confiado que iban a encontrar la solución. Desgraciadamente todo empeoró, a causa de la política, de los gobiernos que lucharon por los privilegios, que robaron, que fueron corruptos, que engañaron al pueblo y el pueblo se dejó engañar. No debemos nunca jamás resignarnos. Resignarse es una tentación, decirse “no se puede hacer nada”. ¿Por qué no? ¿Ya lo hemos intentado? Intentémoslo y ya veremos. Inténtalo, persiste, persevera en el camino que hayas elegido”.

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