Garrincha: lo que su vida nos enseñó

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Escribir algo sobre él, resulta trillado. Relatar minuciosamente su vida y sus proezas deportivas, se torna hasta aburrido para el lector, porque todo se ha contado. Cientos de artículos y notas, documentales, películas y hasta poemas de referentes de la cultura sudamericana dedicados a su figura. Aquí queremos repasar no lo que Garrincha vivió, sino lo que su paso por esta vida dejó para el mundo futbolero y social de forma inmortal. Un ser único, alguien que, directa e indirectamente, nos legó lecciones muy claras para aprender, reflexionar y cuestionarnos muchas cosas.

La primera enseñanza que su vida nos deja es la del poder sideral que posee la fuerza de superación y voluntad. Cuando se añora algo con mucha pasión, cuando se siente amor y vocación por algo; una persona es capaz de conseguir cosas que solo él podía imaginar, pese a muchísimas adversidades. Si hubo un ser al que el universo no le brindó el más mínimo atributo físico y genético para ser deportista, era a Garrincha. Nació con malformaciones congénitas. Era zambo, tenía los pies girados 80 grados hacia adentro, su pierna derecha seis centímetros más corta que la izquierda y la columna vertebral torcida. La incorrecta osificación y alineación de sus vértebras le propiciaron una marcada escoliosis, al mismo tiempo que la incorrecta rotación del fémur condicionó que sus rodillas se torcieran de manera anómala: una apuntando hacia el exterior, y la otra hacia el interior. sus huesos no tenían el calcio suficiente. Todo esto agravado por una severa poliomielitis. Era levemente bizco. Desde los 10 años era adicto al tabaco. Por supuesto, a ese chico los médicos no le diagnosticaron un gran futuro deportivo. Pero pese a todas esas teóricas limitaciones, para Mané no hubo restricción que frene sus ansias de jugar al fútbol. Contra todos los pronósticos, logró cumplir sus sueños, luchando y no desistiendo, y nos dejó un gran ejemplo inspirador y motivador.

La segunda reflexión que nos brinda su vida es la de los malditos prejuicios sociales, los cuales Garrincha debió sufrir sobre manera cuando intentaba dar sus primeros pasos en el fútbol. Se quiso probar en Fluminense, Flamengo y Vasco da Gama, pero, al ver su aspecto genético anómalo, ni siquiera le prestaban atención, creyendo que por sus problemas físicos no tendría posibilidades e iban a perder el tiempo al probarlo. Hasta que Botafogo vio su talento y lo fichó. En la previa al Mundial de Suecia 1958, donde fue figura descollante, el psicólogo de la selección brasileña, aseveraba que Mané era “un débil mental, no apto para desenvolverse en un juego colectivo”. No iba a ser convocado a ese Mundial si no hubiese sido por una movida interna de sus compañeros.

La tercera cuestión y la más despiadada, es lo que el negocio del fútbol hizo con Mané: lo uso, lo aprovechó, en el mal sentido, abusando de su talento para beneficio dirigencial, exprimiéndolo al máximo. Mané cargaba cada vez con más lesiones, dolores y problemas físicos. Al regresar del Mundial de Chile 1962, en donde tuvo actuaciones memorables y extraterrestres, comenzó a resentirse más de lo habitual. Claramente debía parar y descansar para recuperarse, pero los dirigentes de Botafogo, llevados por intereses comerciales, no permitían que se sometiera a tratamientos médicos para que pudiera seguir jugando amistosos y recaudar dinero. “Estaba lesionado, no podía jugar más, pero el club recibía dinero si yo estaba en la cancha y tuve que continuar jugando”, declaró alguna vez. Pidió regresar a Brasil para poderse tratar y el Botafogo decidió que se sumara al plantel para una gira por Europa, a donde llegó muy maltrecho. “Jugué siete partidos infiltrado. No me molestaba, pero de repente noté que la pierna comenzaba a atrofiarse. Quise parar para curarme, pero el médico exigía cuarenta días para jugar y el club no aceptó”, expuso. Tenía artrosis reumatoide crónica y sobrepeso. Literalmente, su rodilla derecha a la miseria. Este manejo, desde lo deportivo, criminal que los dirigentes tenían con él, hicieron que su carrera comience a ir en declive. Como si esto fuese poco, El Botafogo tenía constantes incumplimientos a la hora de pagarle el sueldo. Le daban porcentajes muchísimos menores a los acordados o ni le pegaban ciertas primas. Mané necesitaba imperiosamente el dinero ya que gran parte de su sueldo lo debía destinar a su ex esposa para sus hijas en común. También sufrió destrato humano. Después de todo lo que el astro le dio a dicho club, un equipo canadiense intentó contratarlo a través del Botafogo para jugar diez partidos de exhibición por mil dólares cada uno, pero los dirigentes tardaron tanto en comunicarse que ya se habían perdido seis y solo quedaban dos y terminó arreglando por mil dólares. “Así es la vida. Ayer corrían a mi casa para tirarme flores y hoy ni siquiera se toman la molestia de contactar conmigo por teléfono, incluso sabiendo que necesito dinero”, se lamentó, resignado.

La cuarta, es lo que lo vuelve realmente inmortal. Que haya sido uno de los mejores y más grandes jugadores de la historia, lo convierte en leyenda, pero lo que hace de él un mito único e irrepetible, era su manera de vivir, sentir y ver el fútbol. El fútbol es, en muchos matices, un asqueroso negocio, lleno de gente poco respetable ética y moralmente; algo que Mané, como contamos anteriormente, sufrió en carne propia. Pues Garrincha era el amateurismo en su estado más puro y genuino, era amor por la pelota, sin más. Por algo en Brasil es venerado como el gran ídolo popular, por ser ´La Alegría del Pueblo´. Su único objetivo era hacer disfrutar a la gente con su arte, pasarla bien adentro de una cancha, haciendo lo que mejor sabía: jugar. Siempre estuvo descontaminado de la porquería que vuelve al fútbol, en ocasiones, un ambiente turbio. Mané era todo ingenuidad. Jugaba despreocupado, con irreverencia y desfachatez; sin interesarle ni conocer al equipo rival y sus futbolistas, sin saber cuándo jugaban, a qué hora y dónde. Así se trate de la final de un Mundial. Solo entraba a una cancha a pasarla bien y dar clases magistrales. su desinterés por el futbol como industria, como competencia; era absoluto. Su único fin era darle alegría a la gente a través de su juego.

La quinta reflexión que nos deja su vida es lo que sufrió ser una estrella. Garrincha era un dios pagano para la cultura brasileña, y él solo quería ser una persona común, alguien simple. Solía mezclarse, como uno más, con el pueblo en los carnavales, los bailes, los partidos de fútbol en las calles o en los bares, donde le fiaban la cerveza. Como recordó un oriundo de su pueblo: “cuando no tenía que jugar le gustaba venir aquí y hacer lo de siempre, beber y cazar pájaros. Tenía buena puntería”. Les tenía miedo a los aviones. Nació en una familia pobre de 15 hermanos, y su espíritu siguió siendo siempre ese. Era humilde, no le sentaban los alardes que la sociedad y la opinión pública le cargaban al ponerle el traje de héroe. Fue un tipo sumamente vulnerable, al que la vida lo terminó pasando por encima. Como dijo alguna vez su primer entrenador en el Esporte Clube de Pau Grande, Seu Toti: “Le gustaba la cerveza y el aguardiente, pero odiaba ser elogiado”. O como dijo otro hombre cercano: “tomaba por gusto y para escapar de la solemnidad del elogio. Odiaba ser halagado. Solo quería jugar sin importarle el dónde ni el cuándo”. Su corazón era grande y su mente demasiado ´volada´, pagaba sin siquiera mirar el dinero que tenía en la mano, hasta 20 veces más un viaje en taxi o una bebida alcohólica de pésima calidad. Su bondad lo llevó a ser generoso hasta perjudicarse. Por ejemplo, a su vuelta de Suecia saldó todas las cuentas pendientes que sus amigos parroquianos tenían en el bar que frecuentaba en Pau Grande, donde seguía viviendo. Prácticamente regaló varios departamentos que había comprado en Brasil. Todo este sufrimiento que él sentía se resume en una declaración que dio: “no le hago mal a nadie, pero no me dejan vivir mi vida”. Buscó ser siempre uno más, pero nunca pudo lograr su cometido y eso lo atormentaba. 

Sus últimos años de vida fueron sórdidos y disolutos, de enorme soledad; transitando un camino oscuro y sinuoso. Su adicción por el alcohol y el cigarrillo era atroz. En ellos encontraba su compañía y vía de escape para ahogar sus penas, vacíos y depresiones. Su deterioro físico y económico eran penosos. Entraba y salía de los hospitales constantemente. Tenía muchas internaciones en su haber a causa de una cirrosis crónica. Las mañanas solían sorprenderlo durmiendo en el umbral de los lugares nocturnos que frecuentaba. Dormía entre cartones bajo el estadio de Botafogo. Era, sencillamente, un vagabundo; mal comido, a la deriva y casi siempre bebido. Murió en la miseria más total y abandonado el 20 de enero de 1983, con solo 41 años, por la fatal conjunción de un edema pulmonar, una pericarditis y una pancreatitis con su cirrosis hepática. En la autopsia, cerebro, corazón, pulmones, páncreas, hígado, intestino y riñones estaban parcialmente destruidos por el alcohol.

Garrincha se fue sin nada, pero logró lo que realmente quería: “lo material no lo puedo conservar, lo que me gustaría conservar son los aplausos y los gritos de la gente”. Su velatorio se realizó en el estadio Maracaná entre una multitud. Tuvo todo lo que, técnicamente, no debería tener un deportista profesional: malformaciones congénitas, adicción al cigarrillo y al alcohol, tremendamente mujeriego, amante de la noche hasta altas horas de la madrugada; pero su talento se impuso a todo eso para ser uno de los más grandes de la historia del fútbol mundial. Mané no solo quedará perpetuado en la inmortalidad por lo hecho dentro un campo, sino por los ejemplos que su vida nos dejó. Y, por sobre todas las cosas, por haber hecho feliz a un pueblo entero.

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