José Chamot

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Disputó tres Mundiales con la Selección. Compitió en la élite del fútbol europeo. Es una de las personas más campechanas, modestas e íntegras que se pueden encontrar dentro de su ambiente. Conformó el cuerpo técnico de Matías Almeyda que logró el ascenso con River. Hoy hace su camino como entrenador. Humanizamos a José Chamot.

José es oriundo de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. A los 15 años se trasladó con su familia, padres y cuatro hermanos, a la ciudad de San Lorenzo, Santa Fe. Allí comenzó a transitar su nueva vida que le depararía gratas sorpresas.

-¿Cómo fue dejar tus orígenes para emprender una nueva vida en otro lugar? ¿Te costó el desarraigo o te adaptaste fácilmente?

-Todo cambio conlleva un sacrificio. Irte de tu lugar de origen implica un sacrificio emocional y sentimental, porque estás dejando el lugar en donde creciste y donde viviste cosas que no las vas a volver a repetir. Recuerdo haber salido al patio de la casa de mi abuela a hablar con Dios porque ya estaba decidido que nos íbamos a San Lorenzo y yo estaba muy triste. Tomé un compromiso con Dios desde ese día y así caminé mi vida. Me costó el desarraigo de no estar con mis abuelos, mis primos, tíos, amigos del barrio. Había que empezar a hacer amigos de nuevo, cosa nada sencilla para alguien tímido como soy yo. La realidad era dura. Cuando llegamos a San Lorenzo alquilamos una casita muy chica para ocho personas: mis padres, mis cuatro hermanos, un primo y yo. Teníamos una sola habitación y un baño pequeño. Pero siempre estuvimos rodeado de cariño y afecto, intentando siempre ser buena gente. Mis padres me inculcaron valores y eso no tiene precio.

Chamot remarca que antes de mudarse empezó a hablar con Dios, y, con el tiempo, éste le demostró que el cambió valía la pena: estando en San Lorenzo, muy cerca de Rosario, comenzó a jugar en las inferiores de Central y a forjar su gran carrera, y en esa ciudad también conoció a quien luego sería su esposa.

-Dios te demostró que no fue en vano el cambio…

-Sí. Dios me orientó la fe al lugar correcto, descubrí una relación diaria con él y eso me fortaleció. Me di cuenta que estaba haciendo lo que Dios me invitaba a hacer, poniendo todo en sus manos. Cuando llegué a San Lorenzo, me faltaba un mate, fui a un local a comprarlo y la chica que atendía sentí que la había puesto Dios. Luego se convirtió en mi esposa. Cuando veía la heladera vacía, le pedía que algún día pudiera llenarla, y lo conseguí. Tener fe es fundamental, y una cosa es decirlo desde la abundancia y otra desde la nada.

-Antes de poder vivir del fútbol, haz hecho varias changas para contribuir en tu casa. ¿Cuáles por ejemplo?

-Desde chiquitito siempre era el peón ad honrem de mi papá que era albañil. A donde él hacía una changa, yo lo acompañaba. También hacía revestimientos, pintaba paredes; lo que se presentaba lo hacía para ganar unos pesos y dar una mano en mi casa. Gracias a Dios nunca nos faltó la comida. Cuando podía, mi viejo me pagaba el colectivo para ir a Rosario a entrenar, y cuando no podía, me iba a dedo sin ningún problema. Nunca faltaba a los entrenamientos, me gustaba ir, así lloviese. Cuando hacés las cosas por amor y por vocación, las consecuencias te abrazan. Cuando las hacés para ser famoso o ganar plata, no tiene ningún sentido profundo. La pasaba bien jugando al fútbol.

En los tiempos actuales, un chico con buena proyección en séptima división, ya tiene un contrato, representante y emisarios de equipos extranjeros ´pispiando´ sus actuaciones. En la época de Chamot, todo era diferente. Él ha jugado varios partidos profesionales en la Primera de Rosario Central sin ganar un peso.  

-En tu época prevalecía la esencia del amateurismo, del querer jugar por amor a la pelota y por ansias de gloria deportiva…

-Sí. Yo no pensaba vivir del fútbol. Nadie a mí me empujó a entrenar, nunca. Lo hacía porque quería y me gustaba. A veces veo chicos que los padres los fuerzan para ir a entrenar o que les tienen que pedir que vayan a correr o den un plus extra; eso no está bien. La pasión despierta amor por lo que hacés y te empuja, la pasión no te deja dormir. He trabajado hasta de noche. Después de un partido, dejaba pasar dos horas y ya estaba trotando en la cinta. El esfuerzo era inversión, porque estando bien entrenado iba a disfrutar más de lo que hacía e iba a estar más preparado para complicarle la vida al adversario adentro del campo, aprendiendo a marcar un mano a mano, a quitar la pelota sin faul, a pasar bien al ataque. Un jugador tiene que aprender y desarrollar muchas cosas y eso se consigue con la práctica a través del amor que uno le pone a lo que hace. Hay que ser inteligente a la hora de recibir los consejos y de clasificar lo que te conviene y lo que no. Para llegar lejos hay que privarse de ciertas cosas, como salir con tus amigos cuando sos adolecente porque al otro día tenés que jugar. Eso, a veces, te hace madurar antes que el resto. Con 21 años recién cumplidos ya estaba jugando en Europa y casado.

-El éxito en el fútbol puede marearte porque trae fama, dinero, gente interesada… varias tentaciones. Haber encontrado el amor y a la persona correcta tan joven te habrá dado mucho equilibrio…

-Sin dudas. Las tentaciones están a la vuelta de la esquina. Es fácil: si uno se quiere equivocar, se equivoca. Mi mujer era mi vecina, nos conocimos muy jovencitos y ya estábamos planificando nuestro futuro juntos en San Lorenzo. Ya habíamos comprado unas mesas y sillas. Una vez gané un premio al mejor jugador y me dieron un colchón de una plaza y fui y lo cambié por uno de dos para usar con ella. Teníamos la ambición de ir proyectando nuestras vidas juntos. Después terminé regalado todo, porque se dio muy rápido todo en mi carrera deportiva y nos encontramos viviendo en Europa. Es importante tener a alguien que sea tu compañera y esté en todas a tu lado para darte esa palabra fundamental que necesitás cuando tenés altibajos.

-¿Qué significó haber representado a la Selección en tres Mundiales?

-Tocar el cielo con las manos. Estar en un Mundial es la excelencia y muchos querrían estar ahí. Yo era un pibito de Entre Ríos con las zapatillas agujereadas por el cual nadie daba dos pesos. Cuando me convocó el Coco Basile para el repechaje contra Australia en el 94, miraba los monstros que tenía de compañeros, miraba las tribunas del Monumental, mis viejos en la cancha; algo increíble para un chico que amaba el fútbol y jugaba para divertirse. Representar a tu país es un gran compromiso y tenés que honrarlo. En un Mundial, a la primera distracción, te volvés. No podés ceder ni un poquito, aun cuando la otra selección es inferior. A veces está la virtud del adversario y a veces la pelota pega en el palo y no entra o te errás muchos goles y te tenés que volver. Me tocó tenerlo a Basile, Daniel Passarella y Marcelo Bielsa; tres grandes entrenadores que marcaron cosas y estuvieron a la altura. Tuve compañeros increíbles. Hasta los adversarios me decían lo buen equipo que teníamos. Sin embargo, no pudimos ganar un Mundial.

-Hablame de Marcelo Bielsa…

-Es una persona que tiene alma de docente, de enseñante. Llega al jugador convenciéndolo, no imponiendo. Trata de que todos se involucren. Una vez le dijo a Ayala que haga algo de cierta manera, el Ratón le dijo que no lo sentía y Marcelo le respondió que entonces lo haga como él lo sintiese. Bielsa te da ese lugar para que el camino se lo encuentre entre todos, convenciendo, sin imponer. Te da herramientas. Lo respeto mucho.

´El Flaco´, debido a su profesión, estuvo 14 años ininterrumpidos en Europa (Italia y España). Casi una década y media viviendo acostumbrado a que las cosas funcionen, a que haya un cierto orden, a tener seguridades en muchos aspectos. Tras eso, regresar a los vaivenes y problemáticas coyunturales que siempre atraviesa Argentina, es un cambio muy brusco.

-¿Te costó la decisión de regresar a Argentina?

-No nos costó nada volver a Argentina, siempre tuve un deseo muy grande de regresar. Argentina, desde su tierra, es un lugar increíble, muy especial. Pero sí es cierto que cuando estás acá, empezás a extrañar ciertas cosas que en Europa funcionan y aquí no. Me cuesta entender muchas cosas de nuestro país, que, teniendo tanta riqueza de punta a punta, nosotros no sepamos llevarlo de buena manera. Da pena. Los argentinos consentimos muchas cosas que están mal. Esperamos que nuestro destino lo manejen otras personas y las personas defraudan. Duele ver que no hay buenos líderes políticos. Cuando la cabeza no está sana, el cuerpo tiene dolores. Nos hacen sufrir, nos hacen pelear entre nosotros y seguimos votando gente que no tiene amor por lo que hace. El político tiene poder, pero no tiene amor y eso es un peligro. Todos los seres humanos tienen derecho de defender su destino y su elección para realizar su vida, y debe ser respetado. Cuando regresé a Rosario Central, he ido a jugar a clubes en donde sus instalaciones estaban peores que cuando me fui 14 años atrás. Los mismo con el país, ha involucionado en muchas cosas.

 El ambiente del fútbol profesional de élite está lleno de flashes, egos y personalidades creadas. Encontrar a alguien de las características de Chamot: sumamente campechano, modesto y perfil bajo; no es muy habitual.

¿Sentís que sos medio bicho raro y sapo de otro pozo?

-Sí, lo siento. Si vos caminás por el bien, para algunos eso es debilidad. Yo creo que caminar por el bien, es fortaleza y es lo que siempre hice y lo que les enseño a mis hijos. El ser justo es recompensa. Hay que ganarse el pan honestamente. Hay que acostarse y dormir tranquilo. Es la forma que elijo para vivir. De adentro para afuera, viviendo con lo que tenés en tu corazón y en tu mente. La gente que escoge transitar ese camino de la verdad y la honestidad, dentro de este sistema turbio a veces quedan afuera. La verdad te hace libre y yo vivo libre, no tengo nada que ocultar, conservo mis valores y principios, y eso es fortaleza.

“Acá cuando sos una persona correcta, respetuosa, profesional, perfil bajo; parece que sos un boludo”, dijo alguna vez Miguel Ángel Brindisi.

-Hay que tener muchas convicciones para aun sabiendo que algunos pueden decir: ´miralo a Chamot, siempre tan buenudo´, vos hacer oído sordo a esas personas mediocres y mantenerte por el camino del bien…

-Eso es el respirar mío, y sin esa forma de ser, no respiro más. Cada uno decide vivir como quiere. A veces veo gente grande y me da tristeza y por dentro digo: ´no quiero llegar así, ayudame Dios a aprovechar bien los días´. Vivir intentando dejar una huella que sirva para los demás, para que caminen alumbrados por el bien. Cuando entreno a un equipo, a mis jugadores les digo que soy una persona falible, pero tengo el corazón grande para cuando me equivoco pedir disculpas, trato de estudiar todas las posibilidades para darles explicaciones de corazón. Cuando me he ido de los equipos, siempre me han llamado los jugadores para agradecerme por lo que uno pudo dejarles como persona, al margen de los futbolístico, para decirme que les sirvió algo de lo que les di; esa es la satisfacción más grande que un técnico puede tener. Uno se puede equivocar, pero intento nunca perjudicar a nadie.

Chamot jugó 14 años ininterrumpidos en Europa pasando por el Pisa, Foggia, Lazio y Milan de Italia; Atlético de Madrid y Leganés de España.

-En el combo de lo deportivo (rendimientos, plantel) y lo extra (comodidad de la ciudad, sinergia con la gente), ¿cuál fue la experiencia que más disfrutaste o más te enriqueció?

-Siempre traté de sacar lo mejor de cada lugar. Me preguntan mucho qué significó haber jugado en el Milan, pero yo respondo: “¿y el Pisa?” Porque ahí hice mis primeras armas en Europa, ahí encontré amigos que hasta hoy los conservo, gente que me ha querido muchísimo. En el Foggia lo mismo. Esas experiencias me permitieron estar en la Selección, me permitieron dar el gran paso a un equipo importante como la Lazio. Cuando estaba en el Pisa, entraba a las iglesias y desde el último banco le pedía a Dios poder jugar en el Milan. Diez años después estaba en el Milan. He aprendido en todos los clubes en donde estuve, en todos he vivido momentos hermosos; todos me ayudaron a crecer. Con la Lazio, Milan y Atlético de Madrid pude competir por cosas importantes. Estoy muy agradecido de cada paso que ido dando.

-Debutaste y te retiraste con la camiseta de Rosario Central…

-Sí. Me hubiese gustado volver un poquito mejor de los dolores crónicos en los tendones de ambos tobillos que no me permitieron jugaron mucho. Una vez que vine de vacaciones, jugando aún en España, tomé un café con Don Ángel Tulio Zof, alguien muy importante para mí, y me ofreció que venga a cerrar mi carrera en Central. Para mí era lo más hermoso que me podía pasar. En el Gigante de Arroyito cuando volví a jugar, recibí el aplauso más grande de mi vida. Me llenó muchísimo poder retirarme con esa camiseta, aunque me hubiese gustado darle algo más desde lo futbolístico al hincha.

´El Flaco´ integró el cuerpo técnico de Matías Almeyda, siendo uno de sus ayudantes de campo junto a Gabriel Amato, cuando River disputó la temporada en el Nacional B.

-¿Cómo fue ese año de muchísima presión?

-Teníamos que tener un temple muy importante para saber llevar esa presión. Se conformó un muy buen cuerpo técnico y trabajamos con mucho empeño y convencimiento. Gracias a Dios se logró el ascenso. No era fácil la tarea de Almeyda.

 

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