Juan Carlos Moriconi, Jefe de Bomberos de la Ciudad

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Es uno de los actores más importantes en la estructura de la sociedad. Realiza una de las tareas más loables y admirables que existen. Dedicó y entregó su vida al servicio del prójimo y el medio ambiente. Carga con una gran responsabilidad y presión. Campechano y de valores muy marcados. Hombre de acción. Humanizamos a Juan Carlos Moriconi, Jefe de Bomberos de la Ciudad de Buenos Aires.

-En líneas generales, ¿cómo es un día en tu vida con un cargo de tal responsabilidad?

-En líneas generales, es un día muy cargado, con muchas responsabilidades y presiones. Nosotros trabajamos los 365 días del año, las 24h del día, con un promedio de entre 50 y 60 intervenciones diarias. Cada intervención se da a raíz de un problema. Tenemos 1800 bomberos, y cada uno representa una responsabilidad. Es una tarea ardua. Es muy difícil despegarse de la rutina diaria.

– ¿Cómo fue tu infancia? ¿Bajo qué contexto socioeconómico y familiar te criaste?

-Mi padre era obrero y trabajaba en el café ´La Morenita´, era capataz del área molino, y durante 35 años estuvo allí. Trabajó hasta que falleció. Mi vieja cocía y trabajaba con eso. Pertenecía a una familia laburante, donde no nos faltó educación, pero tampoco éramos gente de plata. Vivíamos en Burzaco y cuando tenía 10 años nos mudamos a Barracas. Hice la Primaria, la Secundaria, después realicé la Conscripción en la Fuerza Área. Siempre me gustó la naturaleza, que viene un poco de mi viejo. Teníamos patos, gallinas, conejos, nos gustaba sembrar. La educación no está en la escuela, está en tu casa, en el ejemplo con que te crían tus padres. La escuela te dará elementos socioculturales, pero en la casa se forma un chico.

En su juventud, Moriconi no tuvo como primera opción el ser bombero. Su idea original era realizar la carrera para veterinario, pero cuando iba a inscribirse, cambiaron el plan de estudio con el mismo programa de días y horas que medicina. Como, en paralelo, para poder bancarse sus estudios, tenía que trabajar, desistió. Así empezó a buscar otros rumbos. Ya había estado en la Policía Aeronáutica durante la colimba, por lo que contaba con cierta formación en el área de seguridad. Averiguó para ser Guardaparques, para entrar en la escuela náutica, entre otras carreras. Finalmente, lo que inclinó el rumbo en una dirección y que lo marcaría para toda la vida, fue un recuerdo de su infancia: cuando era chico presenció un incendio al lado de su casa, y le había gustado ver cómo trabajaban los bomberos. Así fue que se terminó anotando para bombero en La Falcón. Para ingresar había que tener avales y él no contaba ninguno, por lo que todos le decían que no iba a poder entrar, cosa que terminó consiguiendo. A los tres años se recibió y al poco tiempo se inscribió para Técnico en Seguridad e Higiene en el Trabajo, en el Instituto Argentino de Seguridad, y luego hizo la Licenciatura en Seguridad e Higiene, en la Universidad de Morón. Todo con mucho sacrificio: entraba a trabajar a las siete de la mañana, salía a las dos de la tarde, se iba corriendo para Morón que comenzaba a estudiar a las tres, salía a las ocho, y a las diez de la noche volvía a ingresar a trabajar en otro lugar. Al tiempo se anotó, también, en el curso de Ingeniería en Seguridad y Protección Ambiental.

-Todo lo que estudiaste o quisiste estudiar está vinculado con la esencia misma del planeta y la vida: cuidar y proteger a los animales, el medio ambiente y las personas. ¿De chico ya sentías esa veta altruista y filantrópica? ¿Cómo se despertó en vos la vocación de brindar tu vida por el prójimo?

-Totalmente. La materia que más me gustaba en el colegio era Ciencias Naturales. Siempre me gustaron las plantas y los animales. Me gusta ayudar al otro, estar al servicio. La vocación de dedicar mi vida al prójimo nació en la conscripción, aunque creo que eso ya viene innato con uno. Hay personas que tienen ciertas aptitudes para determinadas tareas, pero la vocación se crea en el hacer, en el desarrollo de la actividad. Siempre me gustó trabajar dentro de un orden. Amo la naturaleza, el campo. Es el día de hoy que mi cable a tierra es hacer plantas, ir a pescar. Tengo una casita en un lugar tranquilo al lado del río, a las afueras de la ciudad, donde voy a conectar con la paz y el medio ambiente.

-Tus seres queridos deben sentir muchísimo orgullo por la tarea que ejercés de bombero, pero a la vez, por lo menos al principio, debe ser muy chocante y alarmante para ellos saber que vas a poner en riesgo tu vida constantemente.  ¿A tu familia le costó asimilarlo al principio?

-Mi esposa me conoció siendo bombero. Mis hijos nacieron en una casa de padre bombero. Con el tiempo el círculo íntimo se va acostumbrando a tu profesión. Cuando me anoté para ser bombero, mis padres no sabían nada, porque no se los conté. Se los dije cuando estaba a punto de comenzar. No quería que influenciaran sobre la decisión que había tomado.

Pocas personas dentro de una sociedad tienen más empatía y sensibilidad hacia el prójimo, y piensan más en el otro que en un bombero, pero a la vez, es un oficio en donde hay que tener mucha frialdad, carácter, ser muy fuerte de personalidad para no quebrarse y desistir ante una tragedia, manteniéndose entero mental y espiritualmente.

– ¿Cómo se logra ese equilibrio?

-Son mecanismos que se va creando y desarrollando con el correr del tiempo el mismo organismo y la mente. Lo mismo le pasa a un médico. Cuando un cirujano tiene que abrir a una persona, en ese momento se abstrae de personificar, sino que para él es un cuerpo lo que tiene delante suyo al cual tiene que intervenir. Yo tengo que hacer lo mismo. Cuando uno intercede en una emergencia, no tiene que ver la representación de la persona, sino el cuerpo al que hay que salvar. Uno en esta profesión ha tenido que ver gente arrollada, por ejemplo, y esas cosas no se te van, la mente lo guarda, pero lo archiva, porque si no, no podés vivir. Hace poco en una tragedia en Villa Crespo fallecieron dos bomberos, y yo estuve ahí. Mi hermana se casó con un compañero bombero, y entrando en un incendio falleció. Todas esas cosas te marcan, pero la mente crea defensas y escudos protectores, aunque, lógicamente, en ciertos momentos esos recuerdos afloran.

-Mencionás que en ciertos momentos esos recuerdos afloran. ¿Te ocurre en tus momentos de intimidad y soledad?

-Sí. Nunca necesité ir a un psicólogo, debo estar medio chapita. Valoro los momentos de introspección. Estoy separado hace muchos años de la madre de mis hijos, con quien tengo una excelente relación. Sí estoy en pareja, pero vivo solo, y tengo mis momentos para frenar y acomodarme en ciertos aspectos.

-Además de la responsabilidad y presión que tiene un bombero, a vos te toca liderar y ser jefe, lo que representa el doble de presión y responsabilidad. ¿Cómo lo administrás?

-Eso es lo más difícil. Tengo muchas presiones de arriba, de abajo y de los costados. Hay un montón que quieren estar en mi cargo. Es desgastante, pero me muestro genuino. Me pongo a arreglar el jardincito que hicimos dentro del establecimiento. Hay líderes que dejan hacer y delegan; otros que quieren hacerlo todo ellos, sintiéndose omnipotente, y que si no pasa por él no sirve; otros que crean situaciones de conflictos entre los diferentes actores, para que todo dependa de él. Para mí el mejor trabajo como líder es lograr decir: “yo no estoy, y esto funciona igual”. Hay que armar un equipo de trabajo. Por supuesto el líder deber controlar, establecer normas y un orden claro de trabajo. Siempre me gustó el tema del manejo de grupos. Hay que eliminar ese ´grupete´ que a veces se crea alrededor del líder y que lo adulan, que le dicen: “jefe, usted es el mejor”. Esos son los más peligrosos porque te alejan de la realidad. Soy como soy y así me muestro, ¿cuál es el problema de eso? Como creo no tener nada malo que esconder, me expongo naturalmente. Soy muy austero y simple. Tengo un auto del 2011. Disfruto de las cosas sencillas, de hacer una comida con leña, de plantar mis plantas; esas son las cosas que disfruto.

-Reconocer en la simpleza la verdadera belleza de la vida, es de un hombre sabio. ¿Cuánto de ese valor que le das a la vida, viene aparejado por tener siempre tan cercana a la muerte debido a tu profesión?

-Totalmente. Uno siente cercana a la muerte constantemente, y eso te hace valorar mucho más las cosas. Te hace ver que hoy estás, y mañana no estás más; es así. Hay que tratar de hacer el bien. Me gusta crear ambientes laborales amenos y cómodos, que todos vengan a trabajar con gusto. Elegí una forma de vida en la que no me interesan las cosas materiales, en la que no me dejo llevar por el ruido externo. He estado en incendios, en derrumbes, y en muchos casos me he salvado de casualidad.

-La peor manera de formar a alguien es a través del asistencialismo, porque le sacás la posibilidad de aprender o lograr algo por él mismo, y así le quitás dignidad, y no valora realmente las cosas. Como líder, en ciertas cosas, ¿es necesario dejar que el otro se equivoque para que así aprenda, y sienta el rigor del esfuerzo?

-Claro que sí. Hay que dejarlo equivocarse. Eso lo viví en la crianza de mis hijos. Si vos siempre le estás diciendo al otro lo que tiene que hacer, lo termina negando o le toma bronca. Vos podés advertir sobre tal situación que, si la hace, puede pasarle tal cosa, pero lo va a aprender cuando le pase. Todos aprendemos de nuestros errores. A mis hijos les podría haber pagado una escuela privada, pero fueron a una pública. Uno de ellos perdía constantemente su celular. Con 15 años me dijo que perdió otro y no sabía qué hacer. Le dije que tenía dos caminos: empezar a ahorrar lo que le daba yo o su abuela, lo que le iba a llevar bastante tiempo, o empezar a trabajar. A la vuelta de mi casa había un taller mecánico, y fui a preguntarle si no necesitaban un chico para que lo ayude a limpiar las piezas, barrer y demás. Me dijo que sí, pero que no podía pagarle, a lo que le respondí que yo le daba el dinero a él, y él le pague a mi hijo de ahí, sin que se entere. Fui y le dije a mi hijo que ya le había conseguido trabajo para que así se pueda comprar su celular. Con mi otro hijo lo mismo. Se quería comprar su primer auto y le conseguí un trabajo para que lo logre, nada de regalo. Estuvo un año y medio trabajando y ahorrando, más lo que yo lo ayudé, se compró su autito. Es el día de hoy que me lo agradece, el haberle enseñado el esfuerzo del trabajo.

-En Argentina parece que se ha tergiversado el valor de la meritocracia, que es obtener los logros y crecer en proporción al esfuerzo y la dedicación que uno ponga, además de las condiciones…

-Uno va creciendo por su propio esfuerzo, eso es así, si no, no tiene sentido. Yo a mis hijos o a la gente que trabaja conmigo le pudo dejar todo servido, pero si no están preparados, en un año no tienen más nada. He visto miles de esos casos. Para lograr algo necesitás que, mientras tus amigos salen de joda, vos estés estudiando. No se pueden obtener las cosas sin esfuerzo. Algunos dicen: “mirá todo lo que tiene aquel”, sin reparar en todo lo que esa persona hizo para lograr lo que tiene.

– ¿Qué te genera ver a nuevas camadas de jóvenes egresarse como bomberos?

-Este año egresa la quinta generación de Bomberos de la Policía de la Ciudad. Ellos son la nueva sangre que nos va a reemplazar, porque yo en algún momento me tendré que ir. Tenemos algunos problemas con las generaciones jóvenes, en comparación con otras épocas. Por ejemplo, los chicos no saben manejar una herramienta, no tienen fuerza en las manos. Lo primero que tenemos que hacer en la escuela es fortalecerles las manos. Eso se debe a tanto uso de dispositivos tecnológicos, que facilita todo y exige menos, y el hombre en su esencia es vago y busca la comodidad, entonces el sistema se aprovecha de esa debilidad para venderte cosas. El humano cada vez hace menos cosas. Vos fíjate qué pasa cuando a una persona le cortan la luz en su casa, siente que se muere. Es increíble la dependencia que tienen las persona sobre ciertas cosas.

-Se te nota alguien muy campechano, amante de la naturaleza, los animales y la tranquilidad. ¿Cómo te llevás con la vorágine de la ciudad?

-Me cuesta como a muchos otros. La ciudad no me gusta. Hay gente que tiene la necesidad del ruido constante, que denota sus inseguridades, porque no todos pueden estar solos, en silencio en el medio del campo, porque ahí te encontrás con vos mismo, sin nada externo que tape tus miserias, y para muchos eso es un problema. A mí me gusta estar solo en el campo. Por suerte vivo en Versalles, un barrio tranquilo de casas bajas, y tengo una casita a 100kms de la ciudad, al lado de río. Soy poco extrovertido en reuniones, teniendo hasta cierta fobia por los eventos sociales.

-Sos uno de los actores más importantes y admirables dentro de la estructura de la sociedad…

-Me da orgullo que alguien diga eso. Me siento un bombero más. Nunca me imaginé que iba a llegar al cargo que ocupo. Hoy tengo que trabajar para cuidar a los bomberos, a nuestra gente, para su capacitación. Tengo que pelear con los políticos para que nos compren cosas necesarias para la protección de los bomberos.

Juan Carlos Moriconi Ingresó a la Superintendencia Federal de Bomberos de la Policía Federal en 1982, y pasó por numerables cargos. Fue Oficial de Dotación de Incendio en Divisiones Cuarteles VI “Villa Crespo” y III “Barracas”; Oficial en el aérea de Recursos Humanos, en el área de Medio Ambiente, Oficial en el área de Docencia en la División Escuela de Especialidades; Oficial en el área de Control de Emergencias Químicas, Radiológicas y Biológicas; Oficial Jefe a Cargo del Laboratorio Químico del área de Pericias, Oficial Jefe de las Oficinas Técnicas – Divisiones Prevención e Inspecciones– área de Certificaciones de Instalaciones Fijas de incendio en el ejido de Buenos Aires; y Jefe del Departamento Seguridad contra Incendios y Riesgos Especiales.

(Agradecemos especialmente a Enrique Grinberg por la gestión de la nota). 

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