Novak Djokovic: el vacío en la cúspide

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Tras ganar Roland Garros en 2016, Novak Djokovic llegó al pináculo de su carrera obteniendo el único Grand Slam que le faltaba, siendo N°1 y atravesando un momento extraordinario. Estaba en el punto más alto de su vida profesional, pero se chocó de frente con el vacío mental, emocional y motivacional. No quería seguir jugando al máximo nivel con tanto sacrificio, no encontraba estímulos de los cuales aferrarse y entró en una deriva. En 2018 anunció a su círculo íntimo su retiro del tenis, pero ese mismo año alcanzó nuevamente su esplendor. Tuvo una infancia muy dura que le sirvió para desarrollar una gran capacidad de superación dentro de la pista.

El célebre novelista inglés Charles Kingsley dijo alguna vez: “Lo único que necesitamos para ser realmente felices es algo por lo cual entusiasmarnos”. ¿Qué sucede en el reducido caso de las personas que lo logran todo o casi todo, que cumplen sus objetivos, que triunfan y triunfan, que llegan a la cúspide más alta del mundo en lo que hacen? ¿Con qué cosas se pueden entusiasmar cuando parece difícil ver algo más arriba de lo conseguido? Ese es un enorme desafío que tienen que enfrentar aquellos pocos privilegiados y al cual Novak le costó mucho sobrepone. Tras ganar Roland Garros en 2016, luego de tres finales perdidas: 2012, 2014, 2015, el serbio llegó al pináculo de su carrera obteniendo el único Grand Slam que le faltaba, siendo N°1 y atravesando un momento extraordinario, conquistando todo lo que jugaba (cuatro Grand Slam consecutivos: Wimbledon, US Open, Australia y RG), con enorme supremacía y en un soberbio nivel con resultados históricos. Estaba en el punto más alto de su vida profesional y eso conlleva peligros. Después de ganarlo todo en ese lapso, se chocó de frente con el vacío mental, emocional y motivacional. No quería seguir jugando al máximo nivel, no quería seguir poniendo tanto sacrificio; no encontraba estímulos de los cuales aferrarse. Entró en una deriva. En su interior, asumía que nunca volvería a ser el mismo. Todo esto se vio reflejado notablemente en la merma de resultados, obteniendo sorpresivas derrotas en diversos torneos y perdiendo el N°1 del ranking. Para fin de ese año rompió con Boris Becker, quien era uno de sus entrenadores desde fines del 2013. “En 2016 mi tanque emocional para competir estaba vacío.  Me preguntaba si podría volver al nivel que había jugado durante tantos años. Me golpeé con una pared emocionalmente. Por más que en ese momento estuve satisfecho con ganar cuatro Grand Slam, ser Nº1 y estar en lo más alto de mi carrera; estaba agotado. Estaba entrenando aún más duro de lo normal, pero eso fue un error. Hubo una batalla dentro de mí. Como atleta profesional se necesita esa capacidad de recuperación. Cuando has conseguido tanto y has estado tantos años a ese nivel, siempre buscas motivos de estímulo, de inspiración, la energía positiva para continuar. En ese periodo necesitaba mirar profundamente en mi interior, buscar un nuevo comienzo, otro capítulo. Tras ganar Roland Garros tuve por primera vez la sensación de sentirme de algún modo fuera del límite y el imperativo de buscar la motivación para inspirarme a la hora de seguir jugando a ese nivel y lograr recargarme emocionalmente. Tras París y el Abierto de Estados Unidos me encontré por primera vez emocionalmente vacío, perdiendo las ganas de divertirme jugando al tenis”.

El 2017 fue para Nole el peor año de su carrera debido a su lesión en el codo que lo tuvo a maltraer. Ganó solo dos torneos menores y debió perderse gran parte del calendario por sus molestias. Después de 11 años salió del Top Ten. Esta situación absolutamente inusual en su extraordinaria carrera, lo perturbó. Tomó decisiones desesperadas como echar a su histórico entrenador Marian Vajda y al resto de su grupo de trabajo: su preparador físico Gebhard Phil-Gritsch y su fisioterapeuta Miljan Amanovic. Recurrió a una de las máximas leyendas de la historia del tenis como Andre Agassi, pero con experiencia nula como coach, sumando luego, también, a Radek Štěpánek. Pero lo peor para el serbio llegaría en 2018. A fines de enero decidió operarse de su castigado codo derecho. Su regreso fue muy malo: dos torneos jugados, dos derrotas en primera ronda ante rivales de baja jerarquía. Todo era una pesadilla para Djokovic en esos tiempos: fuera del Top 20, en una nebulosa total en cuanto a sus pensamientos, en un muy mal nivel tenístico. La confusión y la crisis lo invadió y llegó a tocar fondo anunciando en su círculo íntimo una decisión extrema: su retiro. “He terminado, me retiro, avisale a mis sponsors”, le anunció a su esposa Jelena Ristic. “Me dijo que quería retirarse. Perdió en Miami, una derrota terrible, nos reunió a todos y nos dijo: ´He terminado´. Yo le dije, ‘¿cómo?’. ‘Quiero que habléis con mis sponsors y les seáis muy claros: no sé si voy a parar seis meses, un año o para siempre´, me dijo. No quería saber nada de tenis, ni hablar, ni jugar, nada. Mi intención fue decirle que no podía retirarse. Nos pusimos a llorar, le sugerí que no era el momento de dejar el tenis”, relató tiempo después públicamente su mujer. “Estaba pasándolo muy mal, como si estuviese en un lugar bastante oscuro. Perdí en dos torneos en primera ronda, y mentalmente me preguntaba si quería seguir jugando al tenis, ya que no me motivaba igual que antes. Sentía como si las paredes se te cerrasen y te sintieras asfixiado. Creo que nunca antes me había sentido así”, contó el propio Nole. Pero, mágicamente, todo cambió rotundamente. Tras unas vacaciones en familia recargó energías, se reencontró con él mismo, reavivó su fuego sagrado, su competitividad y su amor por el tenis. Rompió con Agassi y Štěpánek y llamó nuevamente a su entrenador de toda la vida. “Aprendí a reír y a amar de nuevo. Sentí que tenía que desconectar un poco de todo y a volver a divertirme con las cosas de antes. Me fui de vacaciones con mi familia y, un día, mientras dormía en la playa, de repente sentí que entraba una ola de energía y que podría volver a recuperar lo vivido hace varias temporadas. Realmente fue tan simple como eso. Mentalmente, físicamente, emocionalmente he intentado resetear mi juego en todos los sentidos, y he buscado cómo mejorar para jugar mejor de lo que lo que estaba haciendo antes”. A partir de allí volvió uno de los mejores deportistas de la historia en su máximo esplendor, ganando dos Gran Slam (Wimbledon y el US Open) y dos Masters 1000 (Cincinnati y Shanghái), recuperando el N°1 del mundo. El mismo 2018 en que vivió su peor crisis de su carrera en todos los aspectos, lo terminó como el mejor tenista del mundo, demostrando ser un ejemplo absoluto de superación. “En cada caída, en cada descenso, tienes una oportunidad de volver, e incluso mejor, una forma de renacer. Así es como veo las cosas. Todos estamos mejor felices, cuando las cosas van bien en la vida, pero la vida transcurre en círculos. Siempre trato de aprender, sabiendo que cada esfuerzo tendrá su recompensa en la pista. La vida te plantea una serie de desafíos para ver si estás o no preparado, y si no lo estás debes trabajar para intentar estarlo. Somos humanos, aunque a veces parezcamos máquinas. Tenemos experiencias y emociones diferentes dentro y fuera de la pista. La vulnerabilidad es lo que nos hace humanos. Me gusta animar a la gente a actuar y que no piense en si sus acciones tendrán éxito a los ojos de la sociedad. Tienes el poder en tus manos. Mi mayor interés es seguir explorando las posibilidades de mi existencia en este planeta, no solo como tenista sino como ser humano. No se trata solo de ganar un partido de tenis. No puedes llevar trofeos a tu tumba”.

Es el menos ´espectacular´ del ´Big Three´, el que menos atrae al público masivo como personaje fuera y dentro de la pista. Roger y Rafa tienen sus rasgos absolutamente marcados: uno es el talento y la elegancia suprema, el otro la garra y la competitividad avasallante, voraz y extrema. De Nole no se destaca una característica en particular, porque es el más equilibrado y armonioso del trío: ninguna cualidad reluce demasiado por sobre otra porque todas las tiene parejas y muy desarrolladas. Es el más ´robots´ de los tres, el más regular, el que no tiene una superficie predilecta como el suizo y el español, porque en todas se desenvuelve en un alto nivel uniforme. Pero, sobre todo, de Djokovic sorprende la frialdad mental dentro de la cancha a la hora de tomar decisiones. El manejo que tiene para administrar la presión y controlar sus emociones, en lo estrictamente tenístico, siendo imperturbable en los momentos candentes y decisivos, esté favorable o adverso el marcador y el trámite del partido. Muchos son los ejemplos de su fortaleza mental, siendo el más vívido la final del 2019 de Wimbledon ante Federer. Esto tiene una explicación y motivo profundo que atraviesa la vida de Nole y lo convierte en un gran ejemplo inspirador. Su infancia fue dura y tétrica: “Mis años de crianza en Serbia durante los 90′ con tantas guerras, fueron momentos muy difíciles. Con el embargo en nuestro país, teníamos que hacer cola para conseguir pan, leche, agua y otras cosas básicas de la vida”. Sobreponerse a todo eso lo hizo madurar, apreciar más la vida y desarrollar una gran fuerza de superación, algo que se refleja en la pista. “Este tipo de cosas te hacen más fuerte y te generan más hambre por el éxito en lo que sea que decidas hacer. Es probable que esa haya sido mi base, el hecho de que literalmente vengo de no tener nada, en una vida difícil para mi familia y para mí gente. Es probable que esa sea una de las razones que me hacen más fuerte a nivel mental, para superar desafíos. Volver a eso, recordar de dónde vengo siempre me inspira, me motiva a esforzarme aún más”.

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